domingo, 4 de septiembre de 2016

Capítulo III. Fuimos explotados siendo niños



Huérfanos de madre quedamos los cuatro hermanos a cargo de un padre maltratador, en una época en la que escaseaban los alimentos en toda España. Mi padre impotente para alimentar a sus hijos buscó trabajo a dos de mis hermanos siendo todavía niños, excepto a Natalia y a mí que éramos demasiado pequeños. El único trabajo que podían realizar a su corta edad era pastorear ovejas y cabras, el salario pactado trabajo por la comida, si se podía llamar comida, unas escasas migas hechas con harina y poco aceite.
En aquella drástica situación fue transcurriendo el tiempo hasta que cumplí siete años, edad que mi padre considero suficiente para pastorear cabras y ovejas en casa de un vecino cercano.
Por su parte siguió trabajando la parcela y engrosando el salario con jornadas en fincas de vecinos, pero su dedicación le impedía cuidar a mi hermana pequeña, y se veía forzado a dejarla sola en casa o, de prestado con una vecina compasiva de la niña. Ante la situación de desamparo de mi hermana pidió a mis abuelos paternos si podían llevarla con ellos hasta que mejorara nuestra situación económica. Estos cedieron sin poner objeción, ya que eran mayores y vivían solos. Contando que cuando cumpliera unos añitos más les serviría de ayuda en los trabajos de casa y de la tierra que poseían. Mientras, mi padre siguió solo en casa y sin nadie que le molestara. A pesar de que no vivíamos con él nunca dejo de agredirnos, bastaba un descontento de los amos sobre el trabajo para recibir sus caricias. Contando, con sus consejos a los patrones—No tengáis miramiento con ellos, si no cumplen con su trabajo una bofetada a tiempo los servirá de escarmiento—Son vagos y deben cumplir lo pactado.
Por lo tanto recibíamos agresiones de ambas partes y echábamos en falta el amparo de mi madre, que prefería recibir los azotes antes que los sufrieran sus hijos.
Fueron pasando los años y a pesar de trabajar de sol a sol la situación no mejoraba. Aparte de ser explotados al máximo por aquellos caciques vivíamos en una zona de máxima pobreza y existían pocas alternativas. Ante aquella situación, mi padre decidió que nos trasladáramos a otra zona rural donde las tierras eran algo mejores para el rendimiento.
Mi hermana Natalia tendría que seguir con los abuelos hasta que mejorara la situación económica para venir con nosotros—según promesa de mi padre—Pero sólo quedo en buenas intenciones y siguió viviendo con ellos hasta que tempranamente se casó para liberarse de ellos. Y digo liberarse porque con los abuelos fue también objeto de malos tratos, pues en aquella zona eran habituales por parte de los progenitores.



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