domingo, 4 de septiembre de 2016

Capítulo IV. En busca de un futuro mejor.



Nos despedimos de la familia y subimos al tren con solo la ropa que llevábamos puesta por no disponer de equipaje.
Después de un largo día de viaje en un tren antiguo de vapor, arribamos cansados y sucios de carbón a la comarca que nos ofrecían la finca en arrendamiento, un pequeño pueblo de la provincia de Granada que dictaba de nuestra tierra de origen unos ciento cuarenta kilómetros.
Recién nos apeemos del tren vimos a los dueños de la finca que nos estaban esperando. Saludaron a mi padre con un fuerte apretón de manos, pero antes de desplazarnos para enseñarnos la tierra y nuestra futura casa nos invitaron a comer en un pequeño hostal del pueblo. Pienso que lo hicieron porque era la hora de comer y hacía calor, pues el trayecto había que hacerlo a pie y tardaríamos aproximadamente una hora andando.
Apenas terminemos de comer emprendimos la marcha hacia la casa que nos asignaron. A primera vista nos causó buena impresión: estaba situada dentro de la finca y abundaban los árboles frutales, a decir   verdad, nos pareció un palacio si la comparábamos con la que dejamos atrás.
La finca tenía setenta hectáreas y algunas eran de regadío, también había ovejas, cabras y caballos; suficiente para trabajar los cuatro sin pasar hambre. El contrato de arrendamiento que se firmó, el 50% de los beneficios eran para nosotros y otro 50% para el dueño. Mi padre consideró que era un poco abusivo, pero terminó cediendo convencido de que era una buena mejora el cambio. Eso sí, tendríamos que trabajar muy duro para salir adelante.
Los dos primeros años nos esforzamos al máximo en el trabajo y creo que mereció la pena: pues no nos faltaba para comer gracias al esfuerzo de nuestro trabajo. Sin embargo, la convivencia con mi padre no mejoró y siguió agrediéndonos. Una cosa es  amor y respeto hacia un padre y otra es tenerle miedo.
En aquel tiempo que relato Elena tenía 17años y la podría describir como una mujercita alegre, pues a pesar del drama que vivíamos, nunca le faltaba la sonrisa para sus hermanos. Era de estatura alta, ojos azules y contorno bien marcado. Mi hermana era muy bella y no era de extrañar que los jóvenes de su edad se fijaran en ella.
Elena siempre tenía que pedir permiso a nuestro padre en caso de pretender salir con sus amigos, pero normalmente casi nunca lo daba por pensar que los jóvenes salían a la calle a golfear, por lo tanto, su temor era que algún día pudiera surgir alguna relación de compromiso. Obviamente que estaba celoso de su propia hija al parecerse tanto a mi madre, además de ser quien le suplía en las tareas del hogar.
Al final pasó lo que era de esperar; mi hermana no pudo aguantar más las duras exigencias de mi padre y sin previo aviso se fue con un grupo de amigos a las fiestas patronales de un pueblo vecino.
Nunca pude olvidar aquel día; cuando se dio cuenta de la ausencia de mi hermana perdió el control de sí mismo vociferando como un perro rabioso: La mataré, decía. Salió en su búsqueda por todo el pueblo preguntando al que se cruzaba en su camino si había visto a su hija, pero la gente lo ignoraba y no le decían su paradero, pues todos eran sabedores de los malos tratos que nos aplicaba.
Del regreso a casa preferiría no acordarme: se abalanzó sobre ella con la idea de matarla. Sin pensarlo reaccionemos y ayudamos a nuestra pobre hermana que en penosa situación se hallaba. Sabíamos el respeto que un hijo debe de tener a su padre, pero también sabíamos que mi hermana se encontraba en peligro y que teníamos que impedir que se repitiera el drama de mi madre.
Con nuestra intervención aumentó más su agresividad y salimos los tres contusionados.
Aunque la peor parte la llevo Elena con varias contusiones en la cara y rotura de dos costillas. Esta última le obligó a reposar en la cama durante un mes.
Después de agredirnos nos pidió perdón diciendo que no podía controlar los nervios.
En nuestra época actual también existen los malos tratos, pero sé pueden denunciar sobre todo en los países democráticos, pero en aquellos años de la dictadura en España existía el patriarcado absoluto del padre ante su esposa e hijos, y se veía normal agredirles, sin tener estos la posibilidad de denunciar los abusos de autoridad. El poder del cabeza de familia sobre su esposa e hijos era absoluto teniendo esta suprimida la libertad en su beneficio, ni siquiera le permitían tener en un banco una cuenta corriente a su nombre, en caso de tener que viajar al extranjero necesitaba el permiso y la firma del esposo. 
Después de restablecerse de las lesiones vivimos un corto periodo de tiempo sin agresiones, pero duró poco la promesa de cambio y volvió de nuevo a las andadas.
En una de las agresiones mi hermana desapareció y no la volvimos a ver más. De nada sirvieron sus pesquisas ni denuncias por su desaparición, fue como si la hubiera tragado la tierra, y con el paso del tiempo la dimos por desaparecida.
Nuestro bienestar económico empeoró y echábamos en falta a mi hermana: sobre todo en las tareas del hogar, y fuimos conscientes de lo mucho que aportó para el sostenimiento de la economía familiar que no supimos valorar. En casa reinaba solo el caos y el desorden y fuimos incapaces de suplir a Elena en  las tareas del hogar después de regresar de un trabajo agotador en la finca.  
Su ausencia para mí fue muy dolorosa, pues aparte de quererla como hermana, era ella la que suplía a mi madre, la lloraba en silencio sin que me viera mi padre y sin perder la esperanza de que  apareciera.
Fueron transcurriendo los años y la convivencia con mi padre iba de mal a peor, aumentando más su agresividad cuando empezó a beber alcohol-Cómo si fuéramos los culpables de sus problemas- Siendo yo el más afectado por ser el menor. Con mi hermano se lo pensaba un poco más por temor, pues a sus dieciocho años era más corpulento que mi padre por el trabajo repetitivo que realizaba en las labores del campo.
Mi mente no dejaba de pensar cómo podría liberarme de aquel entorno de agresiones, carecía del amor fundamental que todo niño necesita de sus padres, para mí todo funcionaba al revés, sufriendo todos los días golpes además de un trabajo inadecuado para un niño. Desmoralizado me propuse no sufrir más agresiones y esclavitud utilizando todos los medios a mi alcance para salir de mi entorno familiar y, si Elena se marchó, ¿por qué no lo iba hacer yo? Probaría otros caminos diferentes de los que hasta ahora conocía. Aunque con sólo catorce años difícil lo tenía para sobrevivir.





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