sábado, 3 de septiembre de 2016

Capítulo IX. Para sobrevivir lleve a cabo pequeño hurtos.



Cogí las pocas pertenencias que tenia y abandone mi puesto de trabajo para aventurarme en una nueva aventura de un futuro incierto. Mi verdadera profesión se forjaba en huir de un lugar a otro dejando al destino que decidiera por mí, de momento buscaría una pensión que pagaría gracias al dinero que me dieron mis abuelos y que aquella familia no llegó a enterarse.
Después, decidiría lo qué hacer, sabiendo de antemano las dificultades que iba a suponer encontrar un trabajo siendo todavía menor de edad: ―cuando en realidad―tendría que estar en una escuela, además si las personas adultas no lo encontraban, ¿cómo lo iba a conseguir un niño de corta edad?
Hay un dicho que dice qué el dinero lo puede todo, y a veces creo que es bien acertado, ya que en mi caso tuve suerte de encontrar un lugar para alojarme en una pensión, de momento podría salir del paso dado mientras me alcanzara el dinero. Sin embargo, deseaba encontrar un trabajo adecuado a mí edad y ganarme el pan con el esfuerzo de mi trabajo.
Fueron pasando meses, y mis posibilidades de encontrar un empleo adecuado a mi edad (14 años) eran nulas; otra situación hubiera sido pastoreando un rebaño de ovejas o labrando tierra, posiblemente lo habría encontrado, pero en una ciudad y en aquellos años de hambruna que padecimos en la posguerra era como buscar una aguja en un pajar, me sentí decepcionado sin saber qué hacer ni a dónde ir. En aquellas condiciones aguanté unos tres meses hasta que me quede sin dinero para pagar la pensión, motivación suficiente para que los dueños me echaran a la calle sin ninguna contemplación. No les importó  que se tratara de un niño ni que careciera de dinero para comer ni cama donde dormir.
Vivir en plena calle fue para mí una tragedia, tuve que recurrir a la mendicidad para sobrevivir y dormir debajo del puente de un pequeño río que cruzaba la ciudad: para no hacerlo en pleno suelo, utilicé un cartón que hacía de colchón, pues aunque el río no era caudaloso y el suelo estaba casi seco había humedad, para taparme no tuve problema, ya que era temporada de verano y no hacía frío, otra cosa sería cuando llegara el invierno, pero hasta que sucediera confiaba en que mi suerte cambiara.
En pésima condición fueron pasando días, pero la recaudación no me llegaba para sobrevivir y me vi en la necesidad de llevar acabo pequeños hurtos aprovechando aglomeraciones de la gente, mis víctimas elegidas eran las señoras por ser más fáciles de robar que a los hombres, sobre todo cuando se distraían hablando con personas del mismo sexo, pegaba el tirón al bolso y corría como alma que lleva el diablo.
Pero intuía que aquella vida anómala tendría un final traumático si era detenido por la policía en alguna de las substracciones que realizaba para mi supervivencia.






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