domingo, 4 de septiembre de 2016

Capítulo V. Para sobrevivir utilice la picaresca con mis abuelos.


Tren de la época

No lo pensé más. Aproveché la ausencia de mi padre que se encontraba trabajando en el campo y salí directamente hacia la estación de tren como alma que lleva el diablo.
Sólo llevé la ropa que llevaba puesta y algún dinero sustraído al  progenitor para poder pagar mi pasaje, más algunos alimentos para consumir en el viaje.
Subí en el primer tren que pasó sin importarme su destino; pues lo único que me importaba era poner la mayor distancia posible entre los dos, temía que en caso que diera conmigo me llegase a matar.
En el trayecto del viaje y un poco más tranquilizado pensaba en mi hermana Natalia. Hacía tiempo que no sabía de ella porque mi padre se olvido de que tenía otra hija, suponía que estaría bastante crecidita según el tiempo transcurrido desde que la dejemos en casa de los abuelos. Igualmente ignoraba cómo la habrían tratado. Pero conociendo el mal carácter que tenia mí abuelo posiblemente lo estaría pasando mal.
A todo esto pensé, que se me presentaba una buena oportunidad para hacerle una visita por coincidir el itinerario del tren que viajaba por el pueblo de mis abuelos.
El problema residía cómo justificar mi viaje, pero durante el trayecto inventaría algo coherente. Lo más  importante para mí en aquel momento era abrazar a mi hermana y abuelos, después descansaría de aquel penoso viaje y comería algo, ya que en mí precipitada huida me llevé pocos alimentos.
Por fin llegó el maloliente tren de la época a la pequeña estación del pueblo. Me apresuré lo más rápido para apearme, pues solo contaba con cinco minutos para bajar antes de que prosiguiera su marcha. Otras tres personas se apearon al mismo tiempo y se dispersaron acompañados de amigos o familiares que habían acudido a esperarles.  
Por otra parte, pensaba qué, que de haber avisado mi padre a mis abuelos de mi fuga, estos no habrían tenido tiempo de recibir la carta, pues las comunicaciones que existían en aquel tiempo solo eran cartas de correo que casi siempre se recibían con retraso.
Un poco más tranquilo emprendí el camino que conducía a casa de mis abuelos. Era verano y hacía rato que salió el sol cuando empecé a sudar por el exceso calor; aparte del calor, me encontraba emocionado por la sorpresa que recibirían cuando me vieran, pero también temía que no creyeran el embuste que les tenía preparado para justificar mi visita, pues por mi interés no podía decir la verdad. El mal estaba hecho y lo importante para mí era salir de la mejor forma posible del paso dado.
Apenas había divisado la puerta de la casa cuando el perro olfateó mi presencia y empezó a ladrar con cara de pocos amigos. Sus ladridos surtieron efecto y salió de la casa una niña que reconocí como a mi hermana, intentó calmar al animal para hacerle callar, y ante su desconcierto por mi presencia intervine para decir:
¿Qué no me conoces Natalia? Soy tu hermano Arturo, sin decir palabra acudió junto a mí llorando y me abrazó emocionada, al tiempo que hacían acto de presencia mis abuelos.
Me besaron con asombro de que un niño de catorce años hubiera hecho aquel largo viaje sin motivo grave. Consciente de ello trate de salir de aquella situación incómoda mintiendo que había sido idea de mi padre, que la economía había empeorado y pasábamos hambre. Les hice saber qué–exceptuando la escasez de alimentos–lo demás iba bien, pero necesitábamos dinero y debería retornar de  inmediato para llevarlo, también aceptaríamos alimentos, ya que cualquier ayuda sería bien recibida por parte de mi padre.
Tuve suerte y no se percataron de que estaba mintiendo gracias a mi abuela que intervino en mi favor, sin embargo, mi abuelo era tan tacaño que no le importaba el bienestar de su hijo y nietos.
Desde mi años vividos, sé que estuvo mal mí proceder, pero cuando alguien se encuentra desesperado recurre a artimañas de cualquier estilo para salir adelante, en mi caso carecía de medios para sobrevivir y necesitaba dinero urgente, cuando la vida nos da la espalada y nos conduce por caminos inciertos cada cual recurre a su propio ingenio. En mi caso no dude en utilizar la picaresca con mi propia familia.
Todo salió tal como deseaba, al día siguiente fui acompañado a la estación de tren por mi abuelo y hermana, y desde luego no de vacío: pues para aquella época de escasez de recursos económicos me dieron bastante dinero e insistieron que tuviera cuidado de no perderlo. Para más seguridad, mi abuela me hizo en el pantalón un falso bolsillo y lo cosió para que nadie se percatara de ello. De todas formas, nadie podría imaginar que un niño pequeño pudiera llevar semejante cantidad, pero para mi abuela, toda precaución era poca y quiso curarse en salud para que su aportación se mantuviera a buen recaudo sin levantar sospecha.
Mientras esperaba en la estación la venida del tren mi hermanita no dejaba de llorar; sin embargo  mi abuelo permanecía serio e impasible, como si no le afectara mi partida. Aunque a mí era lo que menos me importaba, mi subconsciente estaba fuera de aquel lugar, pensaba en el futuro incierto que me esperaba sin tener claro el rumbo a seguir. En aquel momento no tenía otra alternativa que subir al tren en dirección a la población que vivía mi padre, ya que el abuelo sacó el pasaje en esa dirección. No obstante, cuando iniciara la marcha decidiría lo que hacer. Sonó el silbato del tren avisando de su pronta llegada y empezamos a despedirnos con abrazos y besos, para poco después subir a uno de los departamentos y situarme al lado de una ventana, a través de ella observé que mi hermana continuaba llorando y me decía adiós agitando repetitivamente su pañuelo. El tren se puso en marcha y poco a poco los fui perdiendo de vista.
Intente abrirme paso por el pasillo de aquel maloliente tren de la época en busca de un asiento para sentarme, pero los que habían estaban ocupados y tuve que permanecer de pie en espera de que quedara alguno libre: tardé en conseguirlo debido a que éramos muchos los que deseábamos lo mismo, pues antes de dejar alguno libre ya estaba prometido.
Llevaba más de una hora de pie cuando una señora al darse cuenta de mi malestar se levantó del asiento y me dijo: ¡Siéntese joven me apeo en la próxima parada y falta poco para llegar! Di las gracias por el gesto al tener mis pies doloridos por el exceso de horas de pié al mismo
tiempo que con disimulo miraba unos jóvenes compañeros de asiento que con voz alta cantaban canciones eróticas prohibidas en la época de la dictadura, al parecer molestaban a un matrimonio mayor, ya que sus caras eran fiel reflejo de descontento.


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