sábado, 3 de septiembre de 2016

Capítulo VII. Tuve una sensación de encontrarme en el paraíso



Una vez pasado el imprevisto incidente seguimos hasta el jardín, que también era grande. Este rodeaba la casa con plantas fanerógamas y las más abundantes eran rosales.

Nunca había visto un jardín tan hermoso; permanecía ensimismado oliendo aquella fragancia a rosas cuando rompió el silencio para decir:

― ¡Y bien chico! ¿Té ha gustado la casa?

―La casa es preciosa, pero lo que más me gusta es el jardín y el aroma que se respira aquí ¡Es como encontrarse en el mismo paraíso!

 ― ¡Me alegro que sea de tu agrado, lo más importante es que te encuentres bien trabajando en mi casa, si estás de acuerdo, mañana a primera hora mi esposo te pondrá al corriente del cuidado que requieren las plantas, pero seré exigente contigo en lo que respecta a tu trabajo. Debes saber que adoro las flores y me gustan que estén bien cuidadas, si cumples con tu cometido vas a tener trabajo para muchos años.

Recién terminados de cenar pedí permiso y me retire a dormir por encontrarme cansado. La habitación que me asignaron era grande y decorada con gusto; el color de la cama era negro metalizado, creo que mediría sobre unos noventa centímetros. El colchón de lana de oveja y las sabanas blancas de algodón; la cama la cubría una linda cubierta bordada a mano por manos expertas. En ambos lados de la cama descansaban sobre el suelo dos mesitas de noche con cajones para guardar objetos personales, y en la pared de enfrente un armario para guardar la ropa, encima de la cabecera colgaba un crucifijo y dos cuadros con imágenes religiosas.

En toda mi vida de niño no había tenido una habitación para mí solo y me encontraba tan feliz que a los cinco minutos quedé dormido.

Dormía plácidamente cuando fui despertado por el dueño dando golpes en la puerta insistentemente: ¡Venga perezoso, levántate que tenemos mucho trabajo!

Me encontraba tan desorientado que hasta que no reaccioné no supe en qué lugar me encontraba. Con voz autoritaria mando que me levantara mientras preparaba el desayuno.

Empezamos a desayunar solos, ya que la señora se levantaba más tarde, y justo en el primer bocado me dijo.

Arturo, por ser el primer día no lo tendré en cuenta, pero a partir de mañana que no tenga que llamarte nadie, a las nueve tienes que estar en tu puesto de trabajo, por lo tanto, tendrás que levantarte a las ocho, para que tengas tiempo de desayunar. Éstas son las órdenes que mi esposa me ha trasmitido para ti; ella no tendrá que ver nada contigo y seré yo el responsable de que cumplas sus órdenes. De momento sígueme que empezamos a trabajar.

Mi primer día de trabajo fue más bien teoría que práctica y, me dedique exclusivamente a escuchar con atención las explicaciones que me daba para en lo sucesivo valerme por sí mismo, no obstante, siempre tendría la oportunidad de preguntar si algo no había entendido.

La verdad que emplee poco tiempo en el aprendizaje de jardinero, pues apenas hacia un mes que había empezado a trabajar y me había ganado el aprecio del matrimonio. Trabajar la tierra de labranza de mi padre fue una ventaja para aprender jardinería.

Aunque que me gustaba mi ocupación no me encontraba satisfecho. Veía cosas raras en Isabel que no entendía. Sabía que se encerraba en la habitación que me prohibió la entrada muchas horas cada día. Al final su esposo me confesó que se encontraba enferma y que no logro superar la muerte de su hijo en la guerra. Me notificó que si veía cosas ilógicas que no comprendía que fuera tolerante con ella: que fue un alto cargo en la armada y combatió a las órdenes del general Franco en la guerra civil española, según comentaba le debíamos respeto y fidelidad porque representaba a los españoles como un padre a la familia y bajo ningún concepto se le debía de ofender, ya que de lo contrario estaríamos ultrajando la nación. Proseguía su monólogo dando las gracias al glorioso caudillo y a los que combatieron a su lado, porque gracias a su sacrificio se pudo ganar la guerra y nos libero del yugo comunista.

Según su opinión, gozábamos de privilegios y una tranquilidad como nunca hubo en España.

Esta conversación era habitual y siempre hablaba del mismo tema.

Sin embargo, yo pensaba todo lo contrario que mi jefe, pero no me atrevía a debatirle en aquel tiempo de represión y falta de libertad. Le escuchaba en silencio y dejaba que hablara. Él hizo la guerra al lado de Franco, y los que gozaban de los privilegios eran los ganadores. Los perdedores como en la mayoría de las guerras fueron perseguidos y encarcelados en represalia, otros tuvieron que exiliarse, y el resto quedamos sometidos al caciquismo del régimen.








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