sábado, 3 de septiembre de 2016

Capítulo VIII. La habitación prohibida



Los días se sucedían con pocas novedades, pero no dejaba de intrigarme lo que ocultaba mi patrona en la habitación prohibida no permitiendo la entrada ni a su propio esposo.
Una mañana escuché como si hablara con alguien en aquella habitación tan intrigante, tengo que decir que por primera vez llegue a sentir miedo y pensé para mí mismo: si no dejaba que entrara nadie ¿Con quién diablos hablaba?”
Me sentía incomodo trabajando en aquella casa y no quedaría satisfecho hasta descubrir el secreto que celosamente guardaba Isabel, y aunque incumpliera sus órdenes entraría en la habitación en la primera oportunidad que se me presentara para satisfacer mi curiosidad.
En una de las ausencias que solía realizar había observado que guardaba la llave en una de las mesitas de su dormitorio; aprovecharía la oportunidad en alguna de sus ausencias para mi tranquilidad en aquella casa. Un domingo que se ausentó para oír misa entré en su dormitorio, abrí el cajón de la mesita, y encontré lo que buscaba.
Las piernas me temblaban y el corazón me palpitaba tan fuerte que podía escuchar hasta los latidos, por un momento dude en no seguir adelante en lo que me proponía, pero pudo mas mi curiosidad que mi duda, y en un estado nervioso introduje la llave en la cerradura, di dos vueltas y la puerta se abrió, me estremecí cuando contemple aquella estancia, parpadee varias veces y pensé que estaba sufriendo una alucinación, ¡pero era real!
Nunca en mi vida vi algo que se asemejara a lo que veían mis ojos. Sobre una cama yacía un hombre cadáver vestido con un uniforme de la marina y con galones de capitán de navío, en la chaqueta lucía varias medallas y condecoraciones, y su cara brillaba como una muñeca de porcelana, en ambos lados del cabezal de la cama descansaban dos candelabros apoyados en el suelo, e iluminaban toda la habitación con los focos orientados hacia una imagen de la Virgen del Carmen patrona de la marina.
Mi visualización fue rápida y salí del velatorio de inmediato por el miedo que me invadía, me encontraba con la boca reseca y bebí un vaso de agua sentado en el sofá, respire hondo e intente encontrar la mejor solución para salir del embrollo que por voluntad propia me había metido.
Pensé en su hijo fallecido y en donde está el límite de amor de madre para mantener a su hijo a su lado sin vida; aquella mujer tenía que estar desequilibrada para llegar a aquel extremo, pero algo surgió en mi subconsciente que me hizo dudar de lo que visualice en principio: ¡Si realmente estaba fallecido la perfección de la cara era perfecta! Saque fuerza de donde no la tenía y entre un poco más tranquilizado, palpe la cara y deje de tener miedo: lo que creí que era un cadáver era un maniquí con una cara diseñada por alguien que dominaba el arte. Sin embargo, fui consciente que Isabel necesitaba tratamiento psiquiátrico.
Sin temor alguno deje la llave en su lugar y reflexione sobre mi situación. Pero la decisión a tomar tendría que ser de inmediato porque tardarían poco en regresar de misa. Aparte de las rarezas de Isabel, he de reconocer que me gustaba mi trabajo, y me encontraba bien con aquella familia. En cuanto a lo que descubrí no tenían porque enterarse, pero mi conciencia no me permitía fingir. Me sentí culpable y pague su confianza con mi traición, por lo tanto, decidí huir de aquel lugar en aquel mismo momento.


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