sábado, 3 de septiembre de 2016

Capítulo XI. La brisa de la libertad





Capítulo XII. Como conseguí fugarme del funcionario
Había transcurrido un año de mi ingreso en aquella cárcel de niños cuando la junta del menor me dejo libre y acordó llevarme con mis abuelos, única familia según hice constar en mi última declaración, el medio de transporte que eligieron para el traslado fue el tren, pero al ser menor de edad obligatoriamente me tenía que acompañar un celador. El cortijo de mis abuelos dictaba de Almería unos 150 kilómetros.
Que me acompañara un funcionario del correccional fue una noticia negativa para mí, ya que mi intención no era presentarme en la casa de mis abuelos por temor a las represalias cuando les chantajee, además del temor a mi padre en el supuesto caso de que se hubiera enterado de mi regreso, y era quien menos deseaba ver por los maltratos que me infligió. Conclusión, aprovecharía algún descuido del celador para huir lo más rápido posible.
El celador asignado para acompañarme se llamaba Fernando. Llego el día de mi libertad y subimos los dos al tren, era hombre de pocas palabras y cruel con los niños, durante el viaje dedique parte de mi tiempo en cantar para disimular que me encontraba feliz por reunirme con mi familia. 
Al verme tan alegre y a pesar de su poca amabilidad rompió el silencio para decir:
Niño te veo contentísimo ¡¡¡Ves como todo llega en la vida!!! Cumpliste tu pena, y tu recompensa es reunirte con tu familia, tu internado en el centro y la disciplina te ha servido para que nunca llegues a delinquir.
Aunque en más de una ocasión había recibido sus azotes, tuve que esforzarme para sonreír y decirle: ¡Claro que estoy contento Señor! ¿Acaso no se refleja en mi cara la felicidad? ¡Me gustaría que el tren fuera más rápido para llegar antes de lo previsto, las horas se me hacen interminables y estoy deseando abrazar a mis abuelos!
Nos encontrábamos cerca del final del trayecto para apéanos un pueblo de la provincia de Almería y esperaba desesperadamente una oportunidad para huir de las garras de aquel mal nacido, pero  no lo fácil por la vigilancia que ejercía, no obstante, esperaba un descuido por su parte para huir lo más rápido posible cuando llegara el final de trayecto.
















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