sábado, 3 de septiembre de 2016

Capítulo XII. Como conseguí fugarme del funcionario



Terminado aquel largo viaje de incomodidad nos preparamos para apearnos del tren, y recién habíamos pisado el suelo en Huercal-Overa aquel hombre me dijo, vigila la maleta mientras voy al servicio. No podía disimular mi alegría al ser consciente de la oportunidad fortuita que el destino me brindaba. Sin apenas pensarlo cogí la maleta del funcionario y subí a un tren que circulaba en sentido contrario.
Mi máxima prioridad era encontrarme a muchos kilómetros de Fernando cuando se percatara de mi fuga, pues conocía bien su forma de actuar con los niños y sería mejor encontrarme lo más lejos posible de aquel maltratador.
Qué me hubiera fugado era grave, pero robarle la maleta era mucho peor, su error por confiar en mí lo pagaría muy caro, tendría que rendir cuentas a sus superiores de su ineptitud y no me hubiera gustado estar en su lugar.
Mi situación era caótica al no disponer de dinero ni pasaje para viajar en el tren, y mucho peor no saber hacia dónde dirigir mis pasos, fue mi futuro incierto el que me motivó en gran medida a robar la maleta a mi acompañante con la expectativa de encontrar algo que me sirviera de ayuda.
Durante el trayecto dediqué una parte de mi tiempo en vigilar al revisor para evitar que me viera, ya que cada hora que pasaba se daba una vuelta por cada departamento para pedir los pasajes. Estaba casi seguro, qué en el supuesto caso de descubrirme me obligaría a bajar del tren, pero con un poco de suerte confiaba que no llegara a suceder.
Llevaba dos horas de viaje y recreaba mi vista contemplando el hermoso paisaje desde una de las ventanillas del tren, cuando sentí un fuerte dolor en mi oreja al ser retorcida por una mano que parecía de hierro: ¡Al final te atrapé, maldito polizón! ¿Crees que soy tonto?
Hice un gesto hacia atrás para que la soltara, pero aún la retorció con más fuerza y gemí de dolor. Casi llorando balbuceé:
― ¡Déjeme señor! ¿No ve que la esta arrancando?
― ¡Esta bien granuja, en la próxima parada te apeas! ¡Que conste que te podría encerrar en la cárcel!
Hice caso al revisor y bajé en la siguiente parada lo más rápido que pude, un pequeño pueblo de la provincia de Murcia. A primera vista el paisaje no me desagradaba, era una zona rural similar a la que deje cuando vivía con mi padre, y la distancia entre ambos era suficiente para pasar desapercibido en caso que me estuviera buscando, algo improbable en aquellos años de escases de alimentos.
A primera vista intuí que aquellas tierras eran ricas para el cultivo, y que la gente vivía de su fruto sin pasar hambre, pues además de cereales abundaban árboles frutales. Algunas de aquellas casas eran señoriales. Buscaría un trabajo y no me movería de aquella zona, pero como en aquel momento estaba oscureciendo lo dejé para el siguiente día.
Tendría que dormir a la intemperie, pero no pasaría frío gracias a que era estación de verano, al día siguiente cuando despertara mis ideas estarían más despejadas para decidir qué hacer. De momento la cena estaba al alcance de mi mano por la abundancia de fruta en aquellas fincas.
Llegó el momento de satisfacer mi curiosidad por lo que contenía en su interior la maleta y no tuve problema alguno en abrirla, pues con un pequeño punzón que encontré de casualidad hice un poco de palanca en la cerradura y cedió, mi decepción fue grande al no encontrar el dinero que tanta falta me hacía en mi precaria situación, solo había ropa interior, un traje, una carpeta con documentos y un revólver. Encontrar un arma de fuego confieso que no fue de mi agrado, pero a pesar de ello quedé satisfecho, ya que la ropa interior y el traje me sacarían de muchos apuros al disponer solo de la que llevaba puesta.
A mis dieciséis años me consideraba un buen mozo y mi estatura era muy similar a la del celador, por lo tanto, no sería necesario modificar nada al ser de mi talla. En cuanto a los documentos y el revólver no deseé conservarlos por ser objetos inservibles para mí y por los problemas que en un futuro me pudieran ocasionar. Aquella misma noche los enterré en un lugar improbable de encontrar.
Hacía rato que había oscurecido cuando mi estómago me avisaba que era la hora de cenar, pero esta vez se tendría que conforma con la fruta qué abundaba en aquella comarca descrita anteriormente.
Con el estomago satisfecho tarde poco en quedar dormido debajo de uno de aquellos árboles frutales. Lo positivo en mi favor, qué no hacía frío, otra historia era el suelo húmedo y duro, pero como estaba cansado no tardé en quedar dormido.
El fuerte calor del sol que calentaba mi espalda fue el causante de que despertara un poco desorientado, me encontraba aturdido y no sabía en qué lugar estaba. No tarde en reaccionar y en darme cuenta de mi precaria situación; me dolían todos los huesos a consecuencia del duro suelo en que dormí, y me acordé del colchón de lana que disfrutaba cuando trabajaba de jardinero, pero aquello ya pertenecía a mi pasado, lo importante para mí en aquel momento era organizar mi vida y procurar salir lo antes posible del futuro incierto que tanto daño me estaba haciendo. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario