viernes, 2 de septiembre de 2016

Capítulo XIV. Una sorpresa comprometida.



Indeciso por la proposición de Rosa me dejé llevar de su mano hasta el comedor y quede sorprendido cuando vi la mesa preparada con  finura y buen gusto,  ante el cuadro que estaba viendo exclamé:
― ¡Se puede saber qué celebramos señora!
―Arturo, desde el primer día que te vi me enamore de ti, y he esperado pacientemente esta ocasión para que sientas mi pasión en tu piel.
Estaba logrando que me sintiera incomodo y no era capaz de pronunciar palabra, me estaba proponiendo algo  que por respeto a mi patrón no debería de aceptar, pero a pesar de ello no podía hacerle un desplante, la conocía bien y sabía que era una persona con don de mando y un carácter muy fuerte, Rosa era una de las personas que cuando quería algo no se le podía negar, pensé que en aquel momento de estabilidad en mi trabajo lo mejor sería dejarme llevar por los acontecimientos. Como si adivinara lo que pensaba trató de desviar mis pensamientos y dijo:
No le des más vueltas a la cabeza Arturo, vamos a la mesa que la sopa se va a enfriar y la noche es toda nuestra. ¡Beberemos este vino reservado para ocasiones especiales!
―De acuerdo señora.    
Empecemos a cenar y antes de terminar con el festejo habíamos bebido una botella de vino. He de reconocer que lo estábamos pasando bien, Rosa no paraba de contar chistes picantes y los dos reíamos a carcajadas. El vino empezaba a surtir efecto – sobre todo en mi patrona–que mirándome directamente a los ojos me dijo.
― ¡Arturo nadie te dijo lo guapo que eres!
Un poco ruborizado contesté:
Nunca me dijeron nada.
― Pues va siendo hora de que alguien te lo diga.
― Verá, señora… es que todavía soy muy joven.
― Arturo empiezas a ser un hombrecito aunque tú no te des cuenta. Además, hay un dicho que dice, qué el que no es hombre a los quince años tampoco lo será de veinte, y a ti te falta poco para cumplir los diecisiete.
―Eso también es verdad señora.
―No me llames más señora, tutéame y dirígete a mí por mi nombre, pues a partir de ahora vamos a ser algo más que amigos.
―Así lo haré Rosa.
― ¿No te acostaste nunca con una mujer?
― Pero Rosa… te dije que casi soy un niño y además soy muy tímido.
― ¿Alguna vez tendrá que ser no? Esta noche va a ser tu primera vez y no lo vas a olvidar en tu vida, tú sólo tienes que dejarte llevar cariño.
― Por favor, Ros… no me dio tiempo terminar la frase. Selló mis labios con los suyos y cogiéndome de un brazo me llevó a su cama.
No sé si fue el efecto del vino o, el predominio que ejercía aquella mujer sobre mí, pero no supe salir de aquella situación que, aunque placentera, me iba a traer muchos problemas. Me sentí culpable ante mi patrón, y pensé que pagaba con mi traición la confianza que me dio, pero el mal estaba hecho y no había vuelta atrás.
Al día siguiente me sentí como si hubiera cometido un delito y las primeras palabras a mí  patrona fueron éstas:
― Rosa, ¡Porqué lo hicimos! Hemos traicionado a tu esposo y los dos somos culpables.
Selló mis labios con los suyos y me impidió que siguiera hablando.
― Tranquilo Arturo, no tiene porque enterarse, será nuestro secreto de amor. ¿Sabes que él también tiene sus rollitos? ¿Qué crees que hace en sus viajes de negocios? En adelante, cada vez que nos quedemos solos haremos el amor cuando nos apetezca, has tenido tu primera experiencia y no podrás prescindir de repetirla, nos gustamos y nos amamos. 
A partir de mi primera aventura amorosa con Rosa mi vida cambió en aquella casa, los días se sucedían en estado agudo de tensión y era incapaz de mirar a mi patrón a los ojos. Seguía acosado por su esposa, y no fui honesto para dar por finalizada aquella situación, aunque sólo hubiera sido por respeto a mí patrón, y hasta llegué asimilar la relación como algo normal, ya que Rosa siempre le quitaba importancia a nuestra relación diciendo que éramos cómplices los dos. Aunque desde la distancia he de reconocer que tenia parte de razón, por sentirme atraído por aquella bella mujer, fue una experiencia nueva que no conocía y llegamos a experimentar lo inimaginable: ella fue mí maestra y yo su joven inexperto. Siempre que lo hacíamos insistía que me relajara y que me dejara guiar por ella. Rosa era una mujer que nunca se veía satisfecha y lo pedía aprovechando los supuestos viajes de negocios del esposo. Una vez terminada nuestra relación, siempre me obsequiaba con una cantidad importante de dinero de la época; en caso de rechazarlo, insistía diciendo que le sobraba el dinero.

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