viernes, 2 de septiembre de 2016

Capítulo XVII. Atrás quedó una parte de mi vida.



Sin atreverme a mirar hacia atrás por el engaño sufrido por parte de Rosa emprendí mi camino andando hasta la estación del ferrocarril; no estaba distante y saque un pasaje al azar, pues el destino era lo que menos importaba en mi penoso caminar, de todas formas intuía que en la comarca donde me conducía el tren algo encontraría para sobrevivir, y a los cincuenta kilómetros de distancia de mi anterior trabajo me apeé ―Campos de la ciudad de Lorca (Murcia). 
Todo salió tal como deseaba, a solo 2 kilómetros del pueblo encontré lo que buscaba, aunque la primera entrevista fue muy desagradable y me lleve un susto de muerte. 
Aconteció que era estación de verano y hacía mucho calor; en la puerta de la casa había un frondoso árbol, y resguardándose en su sombra un hombre sentado en una silla con la cabeza inclinada hacia el suelo, dirigí mis pasos hacia él con la intención de preguntar si necesitaban alguna persona para trabajar, cuando inesperadamente y ante mi sorpresa se levantó de la silla amenazando con el puño en alto y pronunciando frases incoherentes fuera de toda lógica, como…
―No te vayas al puerto.
―No te vayas desnudo.
― ¡Podría atropellarte un carro!…
Aquel hombre era de complexión muy fuerte e intuitivamente intente huir, pero no lo pude conseguir por la intervención de su perro que me tiro al suelo y mordió una de mis piernas, con el agravante, que debido al susto me hice mis  necesidades fisiológicas en los calzoncillos, no obstante, y gracias a la rápida intervención de una joven que acudió en mi ayuda pude librarme del perro y de mi agresor, su fortuita intervención fue gran alivio para mí; me pidió disculpas y me invitó que entrara en casa para curar la herida que no dejaba de sangrar, se dio cuenta de la mancha y rotura del pantalón y me dio uno de repuesto para que me pudiera cambiar, pero antes me aconsejo que pasara por la ducha para evitar el olor que desprendía mi defecación.
Una vez aseado y cambiado de ropa la muchacha me pregunto:
― Cómo te llamas, joven, yo me llamo Carmen y soy la hija del dueño de esta finca.
―Mi nombre es Arturo y busco trabajo señorita.
― ¡Gusto de conocerte! Respecto al empleo, es posible que puedas trabajar en esta finca, precisamente mañana hace un mes que se despidió uno de nuestros muleros. ¿Sabes labrar la tierra?
― ¡Por supuesto señorita, es mi trabajo habitual!
― Se puede saber qué edad tienes.
― `Me faltan dos meses para cumplir los dieciocho.
― ¡Entonces no creo que haya problema! Si te quedas con nosotros tendrás de compañero a Ricardo, es un poco mayor que tú y un buen compañero, pero primero tenemos que contar con mi padre que está fuera, le llaman Ramón el Duque y está al llegar. ¿Eres de esta tierra?
―Soy de la región de Andalucía y está cerca de aquí, la gravedad de mí situación es que no tengo familia porque murieron en la guerra…
― ¡Lo lamento Arturo, de momento te invito a almorzar, es medio día y según la hora que tenemos tengo la sensación que no has comido. 
― Has acertado Carmen, empiezo a tener gana, pues con el susto que llevé se me abrió el apetito.
La chica no dejaba de hablar mientras que consumía con apetito los alimentos que me puso en el plato, me comentó que su hermano se llamaba Paco y padecía esquizofrenia, que era una persona pacífica, pero que en ciertas ocasiones sufría ataques que no podía controlar y a excepción de su madre agredía a los que se ponían a su alcance incluyendo a los animales, en caso de no encontrar a quien agredir, el mismo se mordía sus extremidades superiores dando lugar a sufrir heridas en los brazos que nunca llegaban a cicatrizar.
Esto me hace pensar lo que significaba la madre para el hijo, que en estado de extrema locura era la única persona que lo podía controlar prevaleciendo ante todo el amor de madre.
Tengo que admitir que en principio pensé rechazar el trabajo que me ofreció  aquella familia, pero finalmente pensé, que si otros convivían en compañía de Paco también lo podría hacer yo, pues el trabajo lo tenia asegurado, porque Ramón el Duque como le decían de sobrenombre no puso objeción a mi demanda; labraría la tierra con una yunta de mulas igual que lo hacía Ricardo, en cuanto al salario fue mucho más generoso que mi antiguo patrón, aunque obviamente lo podía pagar por ser una familia muy adinerada con propiedades de muchas tierras de labor, y le llamaban Ramón el Duque por su padre fallecido, qué este sí tenía el título de Duque.
En España no se pueden tener armas de fuego sin permiso, so pena de tener que enfrentarse a la justicia, sin embargo, aquella familia tenía armas de todo tipo, posiblemente que ejercieran algún cargo gubernamental, pues en algunas ocasiones los visitaban guardias civiles y hacían prácticas de tiro, pero a decir verdad tampoco me preocupaba al no ser de mi incumbencia, lo importante era que me encontraba bien, exceptuando el trabajo agotador que conlleva labrar la tierra de sol a sol.
Con Ricardo llegue a compenetrarme bien y fuimos grandes amigos, los domingos día de descanso nos íbamos al cine, después dedicábamos las horas que teníamos libres en pasear con las chicas, pues desde la experiencia amorosa que tuve con Rosa sentía la necesidad de relacionarme con mujeres. Ya lo decía Rosa, ¡Arturo, siempre hay una primera vez, cuando se prueba no se puede prescindir del amor!
Pienso que Rosa tenía buena parte de razón.
En la situación que describo fue pasando el tiempo hasta que cumplí diecinueve años; ahorre un poco de dinero y me compre una bicicleta como la de mi amigo Ricardo, aquí terminó mi problema para desplazarme a otros pueblos vecinos en busca de novia: aunque el mayor problema residía que todo era tabú y prohibiciones para relacionarse los jóvenes en aquella época y carecían de intimidad hasta para darse un beso.






No hay comentarios:

Publicar un comentario