viernes, 2 de septiembre de 2016

Capítulo XVIII. Una aventura arriesgada



Un fin de semana acordé con mi amigo en ir a un pueblo vecino en busca de sexo, pues se comentaba que había una mujer que lo ejercía por necesidad económica, era viuda con hijos y mayor que nosotros, mientras que yo tenía dieciocho años ella tenía más de cuarenta, pero la edad era lo que menos me importaba con tal de satisfacer la ansiedad que me invadía, Nos dirigimos a su casa sin necesidad de timbrar en la puerta por encontrarse en el exterior de la vivienda. Recree mi vista en ella y me agrado mucho, pues aunque madura era una mujer muy bella, fisonomía delgada, pelo rubio y ojos azules, vestía una falda estrecha que marcaba sus bonitas caderas, su blusa escotada dejaba entrever sus senos. Sin pensarlo más le hicimos saber nuestra proposición. Nos miró directamente a la cara y nos manifestó que éramos demasiado jóvenes, que por edad podría ser nuestra madre y que tenía un hijo de nuestra edad, que no se dedicaba a la prostitución, sino que hacía pequeños favores por falta de medios económicos.
Quedamos de acuerdo en el precio con la condición de que cobraba por adelantado, y que uno de los dos tendría que espera su turno en la puerta de entrada de la casa para avisar en caso que viniera su hijo, de mutuo acuerdo con mi amigo entre yo primero, pero justo en el momento del clímax fuimos interrumpidos por unos golpes insistentes en la puerta de la calle, mi asombro llegó al límite cuando le oí  decir… 
Posiblemente es mi hijo que sospecha que estoy con un hombre, guardaremos silencio hasta que se valla.
Mi situación era tan delicada que casi me dio un ataque de ansiedad, los golpes en la puerta no cesaban y no era capaz de controlar mi estado de tensión…
―Maldita Mujer... Pero en qué lío me has metido… Y ahora que Hago yo…
―No pierdas más tiempo amigo, huye por la puerta del corral… Apenas me dio tiempo de poner los pantalones y salir por el sitio indicado a la velocidad que permitían las piernas, me encontraba en plena calle cuando escuche a un hombre decir. Esta mujer no deja de prostituirse a pesar de las advertencias del hijo, como no cambie para bien provocara alguna desgracia. Mira que se  le ha advertido ¡Y a ti joven que no te vea más por aquí!
Seguía corriendo sin responder cuando me percate que me había olvidado los calzoncillos, pero era un mal menor, lo importante en aquel momento era alejarme de la casa de citas lo más rápido posible.
Intente buscar a mi amigo ya que no sabía cómo le fue cuando fue sorprendió esperando en la puerta, al final desistí de buscarlo por la imposibilidad de encontrarlo y me dirigí hacia un mercado que hacían todos los domingos en el pueblo para comprar unos calzoncillos, pero al introducir la mano en el bolsillo para pagar eche en falta mi cartera, posiblemente la deje olvidada en mi precipitada huida, o quizás me la robó la prostituta, de todas formas no pensaba reclamarla ya que salí escaldado de aquella casa y no pensaba regresar. Justo pedía disculpas a la señora que me los estaba vendiendo por no disponer del dinero cuando sentí una mano que presionaba mi hombro, me volvieron a temblar las piernas al pensar que era el hijo de la mujer que venía en busca mía. ¡Al girarme y ver que se trataba de mi amigo sentí un gran alivio!
―En menudo lío nos metimos Arturo, esperaba en la puerta de la calle que terminaras tu acto de sexo, cuando inesperadamente se presentó un joven con un bastón y cara de pocos amigos, me pregunto en un plan amenazante que hacía en la puerta de su casa, a su pregunta no supe responder, y antes de reaccionar empezó a golpear mi cabeza con su gayado; intuitivamente trate de protegerme de los golpes con los brazos cuando se le unió más gente gritando ¡Dale más fuerte Juan que este no volverá más con tu madre! Acorralado por la multitud no me quedó otra alternativa que huir como pude ¡y sálvese el que pueda! lo sentí mucho por ti pero tuve que salvar mi pellejo.
― ¡Está bien, Ricardo! Lo importante es que nos hemos puesto  a salvo y demos gracias a Dios de que no haya sido más grave, en lo sucesivo seremos más precavidos antes de ir con una mujer y no actuar a ciegas.
Después de nuestra desafortunada aventura nos abstuvimos en llevar a cabo relaciones con prostitutas, y dediquemos nuestro tiempo libre en buscar chicas para relacionarnos como novios, pues en aquella época no se concebía una relación de amigos entre hombres y mujeres. La mujer tenía que ser muy precavida con el novio y evitar tocamientos y roces para llegar virgen al matrimonio, y no estaba bien visto por la sociedad ni siquiera darse un beso, de lo contrario, serian discriminadas por los varones y quedarían solteras, a no ser que se trasladaran a otras provincias donde no eran conocidas; con la particularidad de que en un supuesto embarazo se consideraba como un deshonor a la familia, en aquella época la norma para la mujer era llegar virgen al matrimonio, sin embargo, para el varón no estaba mal visto relacionarse con prostitutas.
Tenia diecinueve años de edad y de mi trabajo con Ramón el Duque no me podía quejar, al menos no pasaba hambre, pero el salario apenas me llegaba para vestir y poco más, pues en la posguerra si se conseguía comer y vestir se podía dar uno por satisfecho. Aparte de la satisfacción en mi trabajo no era feliz, me atosigaba el estrés y la nostalgia por mi hija, a sabiendas de que tan solo nos separaban cincuenta kilómetros y no la podía ver, pero me la imaginaba rubia con ojos verdes como yo, aunque en realidad no sabía cómo era, solo era mi necesidad de ponerle cara.
Alguna vez estuve a punto de secuestrarla, pero sabía que de llevar a cabo tal acción terminaría en una cárcel, o en el peor de los casos me condenarían a muerte, pues las leyes que aplicaban con Franco eran muy duras, y como régimen absolutista los que tenía el poder para aplicar la ley a su justa medida eran ellos.



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