viernes, 2 de septiembre de 2016

Capítulo XX. Me distancie de mi padre para siempre


Campo de trigo (España)

Una mañana temprano emprendí viaje en bicicleta hacia la finca de Ramón el duque; está vez tardaría menos horas en llegar al ser el itinerario en descenso, y aunque no había perdido del todo la esperanza de que el puesto de trabajo siguiera vacante, intuía que posiblemente estaría ocupado, pedí disculpas a mí ex patrón por incumplir mi regreso, y a pesar de mi informalidad se portó correctamente prometiendo que si se producía una vacante me llamaría de nuevo. Lo positivo para mí, que me pagó el dinero que quedó pendiente.
Aunque el comportamiento de mi es patrón fue bueno para mí, quedé entristecido por la ausencia de mi amigo, pues de oídas me enteré que abandono su empleo por incompatibilidad con el dueño.
Ricardo significaba mucho en mi vida, era un buen compañero y un gran amigo, juntos compartimos aventuras de juventud y los pocos recursos disponibles. No obstante, sabía donde vivía su madre y esperaba que me acompañara la suerte para dar con su paradero; su madre era viuda, y estaba imposibilitada para trabajar por una minusvalía que padecía desde hacía varios años, para desplazarse utilizaba una silla de ruedas; y agravaba mas su situación por no disponer de ingresos para subsistir y tener que depender de su hijo. Su casa era pequeña y estaba deteriorada sin posibilidad de restaurarla por falta de recursos económicos, pero a pesar de su pobreza lo poco que tenía lo compartía con los que no tenían nada.
Di las gracias a mi ex patrón por el buen trato y subí al tren para dirigirme al pueblo que vivía la madre de mi amigo, no quedaba lejos y tarde poco en llegar. Tuve suerte y lo encontré en casa de su madre: el recibimiento fue de mi agrado, pues se abrazaron a mí y  lloramos los tres como niños.
Según me comentó Ricardo, desde que se despidió de la finca de Ramón el duque seguía en paro forzoso, y lo que había ahorrado lo gastó para comer, pero a pesar de su precaria situación y vivir en una casa pequeña me acogieron hasta que lograra encontrar trabajo.
Solo faltaban quince días para segar el trigo y lo más probable era que encontráramos empleo, además lo haríamos juntos como en tiempos anteriores.
Transcurridos los días estipulados, y de mutuo acuerdo decidimos trasladarnos a la comarca que dejemos anteriormente por ser tierras de cereales y conocernos la gente por razones de trabajo.
La siega del trigo en aquel tiempo era un trabajo agotador, había que hacerlo agachado con la cintura doblada hacia el suelo desde el alba hasta el ocaso, con el agravante de tener que soportar el calor del verano, esto daba lugar que estuviéramos agotados al terminar la jornada; pero era el único recurso para ganarse la vida en aquella comarca, con el inconveniente que teníamos que segar el trigo con la hoz al no existir las maquinas segadoras que actualmente conocemos: con el método actual, la cosechadora separa automáticamente el trigo de la paja almacenándolo en sacos mientras que la paja queda empaquetada en fardos. Como dato orientativo, el rendimiento de treinta personas de un día de aquella época equivale a una hora con la cosechadora en la actualidad, con la ventaja que el operario siega sentado y disfruta de aire acondicionado. Como se puede apreciar, la diferencia que existe en sesenta años atrás es abismal.
Pero siguiendo relatando, nos dirigimos hacia las propiedades de un conocido que tenía grandes extensiones de trigo. Este señor tenía que segar el trigo antes de que se secara en exceso, ya que de lo contrario era más difícil segarlo con la hoz.
El dueño de la finca se mostró predispuesto a darnos el trabajo, pero en unas condiciones diferentes a como se acostumbraba en aquella zona, mantención y quince pesetas diarias. Su propuesta fue que teníamos que segar tres hectáreas por 2.100 pts, la comida corría de nuestra cuenta. En principio nos mostramos dispuestos en aceptar las condiciones, pero el problema residía en que no teníamos dinero para comprar la comida, se lo hicimos  saber al dueño y por ser conocidos por haberle realizado trabajos anteriores nos pagó por adelantado.
Aquel mismo día compremos algunos alimentos y empecemos a segar con calor abrumador y mala alimentación por tratarse solo de fiambres.
Llevábamos segando una semana cuando nos dimos cuenta de que se había aprovechado de nuestra inexperiencia para estafarnos, pues faltaba un mes para terminar las tres hectáreas apalabradas y solo quedaba dinero para comprar poco más de una semana. Siendo consciente de la situación sugerí a mí amigo de comer un poco menos para que nos llegara el dinero, pero él hacia oídos sordos a mis ruegos y se limitaba a reír dando siempre la misma respuesta, No te preocupes Arturo, mientras dispongamos de dinero no nos vamos a privar de comer, después Dios proveerá.
Finalmente agotemos el dinero que cobremos por adelantado y la posibilidad de seguir alimentándonos eran nulas,  pero aún en aquellas circunstancias aguantemos unos días más comiendo de la fruta sustraída en aquella finca; es obvio que sustentándonos solo con fruta y trabajando de sol a sol nos fue imposible realizar un trabajo tan agotador. Nos dimos por vencidos y acordemos huir de aquella finca sin contar para nada con el dueño.
No cabe duda que incumplimos nuestro compromiso con aquel hombre dejando la mitad del trigo sin segar, pero a él tampoco le importó engañar a unos adolescentes sin experiencia de vida. Por lo tanto, trabajemos solo por la comida.
Desmoralizados por nuestro fracaso subimos al tren de polizones por no disponer de dinero para pagar el pasaje y nos alejemos de aquella comarca hacia otras tierras que también abundaban los cereales. Esta vez la suerte nos favoreció y encontramos trabajo en mejores condiciones, nos daban de comer y pagaban nuestros honorarios al terminar la jornada.
Lo más negativo para nosotros, que todos aquellos trabajos eran solo temporales e inestables. Así que alternábamos los días, unas veces trabajando y otras en descanso forzoso en casa de mi amigo.






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