jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo XXII. Mi encuentro con Ana.




Después de aquellos cuarenta días de total aislamiento en la Isla de Alboran pisé tierra firme en la ciudad, y mi objetivo principal en aquel momento era ligar con alguna chica, pues después de tantos días sin ver una mujer mi atracción por el sexo opuesto se había duplicado. Di una vuelta por la ciudad y de casualidad llegue a un pequeño parque, recree mi vista en una chica que estaba ensimismada leyendo un libro sentada en un banco, de inmediato dirigí mis pasos hacia ella con la intención de iniciar una conversación, pero estaba tan distraída en su lectura que no se dio cuenta de mi presencia hasta que la saludé.
 — ¡Buenas tardes señorita! ¿Me permite sentarme?—esta dejó de leer para mirarme desde arriba hacia abajo, finalmente me miró directamente a mis ojos y sonriendo dijo.  
— Por supuesto que te puedes sentar; que sepa yo los asientos son para sentarse.
 —Muchas gracias señorita, ¿Es  usted de Melilla?
—Efectivamente, soy de esta ciudad y mi nombre es Ana. — ¡Gusto de conocerte Ana! ¡Arturo para servirte! soy de la península y estoy cumpliendo el servicio militar, pero tengo que decirte que estoy de paso y he de partir esta misma noche para Málaga para terminar de cumplir el servicio militar.
—Lástima que no te hayan destinado aquí, pues supongo que te gusta Melilla.
—Por supuesto que me gusta, ¡Pero me gustan más sus mujeres!
— ¿Crees que son hermosas?
— ¡Eres fiel reflejo de la hermosura de las mujeres de esta ciudad Ana!
— No debería de creerte, los hombres siempre dicen lo mismo cuando se dirigen la primera vez a una mujer.
—Tienes novia.
— De momento mi corazón está libre, y tú…
—No tengo pero tampoco me preocupa.
— Entonces nos encontramos igual, ¡pero siendo tan bella me extraña que no tengas!
— ¿Nadie te dijo lo guapa que eres?
—Eres el primero que me lo dice, pero tengo que dejarte para ir a buscar a mi hermano pequeño al colegio.
—Me gustaría verte otra vez antes de partir…
—De verdad que no sé qué decir…Solo estas de paso y… Bueno, en todo caso te va bien aquí mismo a las diecinueve horas.
 —Gracias, te prometo que seré puntual.
Me disponía a darle la mano para despedirla y ante mi sorpresa la ignoró para besarme y desaparecer a toda prisa.
Me gustaría comentar al lector que el beso de Ana me causó una sensación placentera nunca sentida, que una mujer tan hermosa me besara sin conocerme después del aislamiento sufrido en la isla significaba mucho para mí, quizás me estaba enamorando y veía en ella a la mujer que siempre soñé. Era de una estatura mediana, cuerpo más bien delgadito, ojos grandes color miel, su pelo castaño oscuro cubría su espalda. En cuanto al vestuario, llevaba un bonito vestido de vuelo ajustado a la cintura que se llevaba mucho en aquella época con un cinturón ancho y zapatos negros de tacón.
Ilusionado y sin un rumbo determinado recorrí nuevamente la ciudad en espera de la hora tan deseada del encuentro. Ana fue fiel cumplidora de su palabra, habían transcurrido cinco minutos de la hora acordada cuando estaba junto a mí. Intentaba darle las gracias por su puntualidad, pero impidió que terminara la frase con un beso al mismo tiempo que me cogía de la mano para decir:
Iremos a un parquecito más íntimo, algunos de los que están aquí son conocidos y nos miran con descaro, luego todo son habladurías,.. Me entiendes verdad.
Tienes razón Ana, aquí hay demasiados mirones.
Cogidos de la mano nos dirigimos a un pequeño parque fuera de la ciudad, había varios árboles frondosos y  bancos para sentarse. Ana tenía parte de razón, apenas se veía gente exceptuando algunas parejas que se besaban sin hacer mucho caso de nuestra presencia. Nos sentamos un poco separados de ellos en uno de los bancos y me encontraba tan extasiado y fascinado ante su belleza que intente decirle algo, pero no fui capaz de articular palabra al acordarme del engaño amoroso que sufrí por parte de Rosa. Deseche aquellos pensamientos que no conducían a nada y trate de tranquilizarme para recuperar la palabra…
¡Ana, jamás vi ojos tan bellos como los tuyos!, acaricié su pelo con una mano mientras que con la otra acariciaba su cara. Su delicado roce me estremeció y me invadió un deseo de ir a más, ella se dejaba acariciar, pero inexplicablemente empezó a llorar y me dijo que no fuera a más, que era virgen y que era el único hombre que había rozado su piel. Dejé de acariciarla y limpie sus lagrimas con mi pañuelo, intente de hablarle pero no llegue a hacerlo al dejar de llorar y sellar sus labios con los míos, me abrazo y apretó tanto su cuerpo al mío que llegue a sentí el palpitar de su corazón. Yo temblaba sin saber hasta donde quería llegar y le deje hacer. Separe mis labios de los suyos para besar sus ojos que continuaban humedecidos. De repente sin poder controlar mis impulsos pretendí llevar a cabo acciones más atrevidas; la apreté contra mi e hicimos el amor hasta perder la noción del tiempo.
En realidad, ni nos conocíamos ni sabíamos la vida del otro, pero fue suficiente cruzar nuestras miradas en nuestro encuentro para sentirnos atrapados por el amor. Después de aquella pasión permanecimos en silencio un rato sin pronunciar palabra, solo nos mirábamos el uno al otro con miradas interrogantes y las manos entrelazadas, sabíamos que habíamos ido demasiado de prisa en nuestra pasión. Esto pensaba cuando escuche la voz del vigilante del parque que se dirigía hacia nosotros casi gritando, eh, amigos, ya está bien de amoríos, ¿Creéis que estáis solos en el parque? este lugar es de ocio y disfrute para todos, pero no para hacer el amor. Esperé mucho rato para no interrumpir, pero se acabó mi paciencia, es la hora de marchar y hay que desalojar. Sonrió burlonamente al tiempo que se alejaba sin dar tiempo a réplica. Ante las palabras de aquel hombre fui consciente de que el parque no era tan íntimo como dijo Ana y fuimos observados, pero no sentimos reparo y volvimos a besarnos. Después de este incidente nos cogimos de la mano y salimos del parque.
Empezamos andar por una de las calles sin saber que hablar, cuando la chica rompió el silencio para  decir, Arturo es tarde y debería irme a casa, en aquel mismo momento mire mi reloj y me di cuenta de que el tiempo no pasaba con Ana.
Lo más grave, que había perdido el barco. Debería reflexionar con argumentos convincentes y justificar la falta de puntualidad, pues posiblemente un mes de calabozo nadie me lo iba a quitar; pero pensé que sería mejor no decir nada para no preocuparla, el responsable era yo y tendría que afrontar mi irresponsabilidad, aunque me gustaría decir que no me arrepentí de lo acontecido, ya que aunque fuera al calabozo había conocido el amor, y si el barco había zarpado para que darme prisa.
La acompañe hasta el portal de su casa que estaba cerca y antes de despedirme tome una de sus manos para besarla y atraer su cuerpo hacia el mío, bese sus labios de nuevo y volví a sentir esa electrificación placentera recorriendo todo mi ser, me prometí a mí mismo gestionar lo antes posible mi traslado a la ciudad de Melilla, y mientras se llevarán a cabo los tramites no dejar ni un solo día de escribirle a mi amada, nos juremos amor eterno y no habría distancia ni barreras que impidieran nuestro amor.

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