jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo XXIII. Ninguna distancia podrá con el verdadero amor



Aunque intuía que el barco habría zarpado lo quise comprobar por mi mismo antes de presentarme a las autoridades militares para intentar justificar mi falta de puntualidad, obviamente, no me quedaba otra alternativa que mentir para tratar de evitar un expediente militar, y a sabiendas de que no lo  iban a creer, pensaba decirles que me había perdido, o bien que el reloj se había retrasado, ¿pues qué otra cosa podía hacer?   
Sin prisa me dirigí hacia el puerto y lo que vi fue lo que menos esperaba, el barco todavía permanecía atracado en el muelle, estaba claro que no zarpó por mi culpa y que la pena que me esperaba sería grave, pero la falta estaba cometida y no había vuelta atrás. Por mi irresponsabilidad tendría que afrontar como mínimo un mes de calabozo. Que por culpa de un soldado sin graduación retrasara la salida un buque de la armada en los tiempos de Franco no se podía concebir.
Subí el pasadizo que conducía a la cubierta y vi al oficial de guardia que me esperaba con los brazos cruzados y cara de pocos amigos, se me doblaban las piernas y me temblaba todo el cuerpo. Me cuadre en posición de firme e hice el saludo reglamentario tartamudeando, ya que apenas podía controlar mis palabras.
—A sus órdenes mi oficial, lamento mi falta de puntualidad por haberme perdido en la ciudad.
— Que te has perdido en la ciudad… ¿En una ciudad tan pequeña te perdiste?
— Ciertamente mi oficial, aunque parece cosa de película es la pura realidad.
— ¡Mira soldado! estás cometiendo una falta grave y mintiendo a aun superior, por lo tanto, mañana te hare un parte por escrito que te va a suponer más de un mes de arresto. Ahora vete a dormir y mañana hablaremos.
Sin contradecir al oficial obedecí la orden y me fui a dormir, pues era consciente que había cometido una falta grave y sería mejor callar y no complicar más las cosas, pero me sentí más tranquilo cuando me entere por algunos de mis compañeros que el barco no había zarpado por una orden recibida de la superioridad al ser la meteorología inadecuada para cruzar el estrecho de Gibraltar. Aun con esta baza a mi favor aquella noche no fui capaz de reconciliar el sueño, mis pensamientos estaban en Ana y tenía mucha tristeza por partir sin saber cuándo la vería de nuevo. Tengo que decir que aquella noche humedecí mi almohada con mis lágrimas, pues en ella vi el amor que nunca tuve y aunque el encuentro fue breve, fue suficiente para conquistar mi corazón.  Esta vez la suerte jugó en mi favor y mi temor al oficial quedó en el olvido, supuse que no le interesaría complicarse la vida, ya que su cometido de comandante del barco solo era trasladarnos a Málaga, Una vez que desembarcáramos en dicha cuidad terminaba su responsabilidad con nosotros.
Desembarque en esta hermosa ciudad y me incorpore a mi nuevo destino donde tenía que cumplir el tiempo que faltaba de servicio obligatorio. La disciplina en el cuartel era también muy dura, y por poco motivo nos rapaban la cabeza y nos privaban de salir a la calle. Las faltas mas graves eran penalizadas en los calabozos, y este castigo llevaba aparejado la privación de uno de los permisos reglamentarios que nos concedían en el ciclo de un año, treinta días en verano y quince en invierno. Por lo tanto, me propuse tener cuidado actuando con disciplina para no verme privado del permiso y disfrutarlo junto al amor de mi vida. Afortunadamente mi temor no se cumplió, pues excluyendo la falta que cometí en Melilla mi comportamiento fue siempre ejemplar.
Los días se sucedían en el cuartel sin novedades, otra cosa era encontrarme desmotivado porque mis pensamientos eran solo para Ana, y hasta que no la conocí no supe lo que era amar desde el alma. En mi subconsciente perduraba el placer de sus labios y el sabor de su boca a miel. Necesitaba oír de nuevo sus dulces palabras y ser el dueño de sus sueños, sus anhelos y sus pensamientos. Fui consciente que no deseaba vivir sin ella y que lo mejor que me pudo pasar en mi vida fue haberla conocido, me prometí a mí mismo estar junto a ella sin distancias ni barreras que impidieran nuestro amor.
Mi corazón latía de gozo al faltarme solo dos meses para que me concedieran treinta días de permiso reglamentario y contaba los días y las horas que faltaban para reunirme con mi amada, y desde que dejé Melilla nuestro único contacto eran las cartas que nos escribíamos cada día y que recibíamos con retraso por las malas comunicaciones de la época.

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