jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo XXIV. Vivimos nuestro amor con intensidad.



Llego el día tan deseado para disfrutar con mi amor los treinta días de permiso, y según me escribía en sus cartas sus padres eran conscientes de que nos amábamos y de nuestro sufrimiento por la distancia que nos separaba, motivación por la que sus padres decidieron ofrecer su casa para que disfrutáramos juntos el permiso. Mi corazón latía de gozo cuando subí al barco que me conducía al paraíso, porque eso era Ana para mí, mi verdadero paraíso.
Cuando regresara al cuartel empezaría a realizar las gestiones necesarias para mi traslado a Melilla, y cuando terminara la milicia nos casaríamos para estar juntos hasta la eternidad. Esto le escribía en mis cartas y pensaba llevarlo a cabo por encima de todo, la amaba con toda mi alma y no dejaría pasar la oportunidad que el destino nos ofrecía.
Transcurridas siete horas de navegación el barco empezó a realizar las maniobras para atracar en el puerto, mientras los pasajeros esperábamos con impaciencia que pusieran la pasarela, o pasadizo para desembarcar. Desde la cubierta estaba viendo a mí prometida que agitaba su pañuelo para saludarme en compañía de sus padres. Dada la orden para desembarcar empecé a bajar la pasarela que conducía a tierra en un estado de nervios que no era capaz de controlar, pues ignoraba el concepto que los padres de Ana tendrían sobre mí, ni la impresión que les causaría cuando me vieran la primera vez, aunque intuía que sería más bien positiva al ofrecerme su casa para el disfrute del permiso. Apenas puse los pies en tierra firme me abrazo mi prometida y me presento a sus padres, estos me abrazaron al tiempo que decían a su hija.
―Y bien Ana, ¿de este joven te has enamorado?
―Sí, papá, somos novios y nos amamos.
― Qué tienes que decir al respecto Arturo.
―Opino igual que su hija Señor, nos amamos y si usted lo permite pensamos casarnos lo antes posible.
―Está bien. ¡No seré yo el que se oponga a vuestro amor! Sé que  mi hija solo vive para ti y que está tan enamorada que ha perdido las ganas de comer. Pero si no te importa tutéame y llámame Manolo, no me gusta que me llamen señor―En cuanto a mi esposa, su nombre es Inés y tiene la misma opinión que yo, ahora vamos a casa y te presentare a mis otros hijos, Jacinta de trece años y Antoñito de siete.
―De acuerdo Manolo.
Mas tranquilizado por el visto bueno a nuestra relación por parte de los padres de Ana nos dirigimos a su casa cogidos de la mano, y en nuestras caras se podía apreciar la felicidad de el reencuentro. Durante el corto trayecto y a falta de intimidad nos apretábamos la mano con fuerza para transmitirnos nuestro amor a través del calor corporal. Intuí que sus padres eran conscientes de nuestra felicidad al no interferir en el trayecto y dejar que fuéramos más adelantados guardando entre ambos unos metros de distancia.
Después de enseñarme Ana el interior de la casa me asignaron la habitación donde dormir, pues lo más razonable era que al no estar casados, los padres no me permitieran una relación intima con su hija con la mentalidad existente en aquella época, siendo como siempre perjudicada la mujer por la exigencia del machismo en ir virgen al matrimonio. En nuestro caso y de mutuo acuerdo nos opusimos a este tabú para actuar en libertad según nuestra conciencia.
La casa me causó buena impresión por grande y acogedora, sus hermanitos eran muy dulces conmigo y nos hicimos buenos amigos.
Conclusión¡¡¡Me sentía feliz en casa de mi prometida y deseaba que el permiso no acabara nunca!!!
Al día siguiente Ana pidió permiso a sus padres para enseñarme la ciudad y no lo denegaron, no obstante, y medio en broma la madre de Ana nos miró sonriendo al mismo tiempo que dijo.
Ojito con ir más allá de cogerse de la mano, sobre todo tenéis que guardar compostura, ya sabéis lo mal pensada que es la gente, ¡Y sobre todo te lo advierto a ti, Ana!
 ―! Queda tranquila mama que no pasará nada!
Por mi parte y medio sonriendo intente corroborar con Ana.           
― ¡No se preocupe Inés, puede confiar en nosotros!
― De acuerdo, procurar venir antes de las doce.
― Prometo que seremos puntuales.
―Que os divirtáis y hasta luego.
Nos despedimos de Inés y en la calle tomé la palabra para decir.
― Mi amor, por respeto a tus padres y por la confianza que nos tienen deberíamos de abstenernos más allá de darnos un beso hasta que no estemos casados.
―Cariño, se me olvido decirte que tengo amigos que saben de nuestro amor y nos han ofrecido su casa para que podamos disfrutar de nuestra intimidad.
―Pero tus Padres…
No me dejo terminar la frase…
― ¡Júrame que me amas y que no me dejaras jamás!
―Amor mío, ya sabes que sin ti no podría vivir y que daría mi vida por ti si fuera necesario.
―Si es como dices gocemos nuestro amor y que nuestros corazones latan al mismo unísono hasta la eternidad.
Acababa de oír las palabras más hermosas que jamás me dijeron en mi vida, por un momento dejamos de andar para recrear mi vista en su hermosura, sus ojos color miel y sus labios sensuales
invadió mi pasión. No pude aguantar más y sellé sus labios con los míos sin importarme que la gente nos mirara.
Llegamos a la casa de los amigos de mi amada y según manifestaron querían a Ana como hermana, hacía poco que habían contraído nupcias y todavía no tenían hijos, intuí que estaban esperando nuestra visita, pues al vernos desde una de las ventanas de su casa se apresuraron para abrirnos la puerta y nos dieron la bienvenida. Después de presentarnos nos invitaron a entrar y tomo la palabra Maribel.
―Ana, estoy viendo que sabes elegir bien, ¿Este es el mozo que ha conquistado tu corazón?
―Así es amiga, nos amamos y pensamos casarnos cuando se licencie, de momento disfrutaremos con intensidad juntos el mes que tiene de permiso, os damos las gracias por el ofrecimiento de vuestra casa, ya que sabéis de nuestras limitaciones por los perjuicios que tienen los padres respecto a los hijos por haber vivido la misma situación.
Tienes razón Ana, bien sabes el trauma que viví con mis padres durante mi noviazgo con Roberto, por lo tanto, como eres mi mejor amiga y te quiero como hermana tenéis mi casa disponible para que disfrutéis en intimidad vuestro amor, por nuestra parte no os vamos a molestar, pues durante todo este mes hemos decidido pasarlo en la casa de los padres de mi esposo, creo que a su madre le vendrá bien nuestra ayuda por la minusvalía que padece, pienso que a vosotros también, pues para el trabajo que vais a realizar no necesitáis nuestra ayuda. Te dejo una de las llaves de mi casa, con la condición de que seáis discretos en vuestras entradas y salidas, nosotros lo teníamos todo previsto y mi suegra nos está esperando, así que a disfrutar de vuestro amor.
Era lo que menos esperaba de los amigos de Ana, una cosa era acogernos en casa y otra dejarla a nuestra disposición. En principio nos opusimos, pero insistieron tanto que terminemos cediendo.
A decir verdad nos embriagaba la pasión y lo deseábamos, sin  más replicas por ambas partes nos dieron un beso y desaparecieron.
Finalmente quedamos completamente solos. Había soñado y esperado este encuentro con la mujer que amaba muchos meses; y lo más significativo para mí, que mi amor era correspondido. Sin pensarlo fui a tomarla en mis brazos con intención de posarla sobre la cama pero desistí al decirme cariñosamente.
―Amor, no me seas impaciente, deseo que me hagas tuya tanto como tú, pero hagamos las cosas bien, quiero que esta vez sea muy diferente de cómo fue en nuestro primer encuentro. Aquí tenemos intimidad y el tiempo es nuestro. ¿Qué te parece si primero nos duchamos y nos perfumarnos?
―Como tú digas  mi amor, si no te importa seré primero.
―De acuerdo mi vida, mientras te duchas preparo la habitación.
Tal como quedamos me bañe primero y aproveche el perfume de Roberto para perfumar mi cuerpo, pues mi único objetivo era agradar a mi amada en un día tan especial para los dos.
Después le tocó el turno a ella y mientras lo hacía esperaba con emoción que apareciera por la puerta desnuda como una diosa del amor, pues para mí era una diosa bajada del cielo para llevarme al paraíso.
Los veinte minutos de espera se me hicieron eternos y no podía controlar  mi nerviosismo.
En un momento vi como aparecía con la bonita sonrisa que tanto la caracterizaba: de vestimenta llevaba un albornoz medio desabrochado quedando descubiertas sus bonitas caderas. Su cuerpo era embriagador y olía a rosas, por un momento nos quedamos quietos y callados porque no hacían falta palabras, eran nuestras ansias las que hablaban por nosotros. Por fin pude balbucear con una voz que delataba mi pasión un…
― ¡Hola mi amor!
 Ella, ruborizada y tímidamente contestó:
―Cariño, me da vergüenza que me veas desnuda, qué te parece si apagamos la luz...
―Claro mi amor, hare todo lo que me digas, es mi deseo que estés cómoda y relajada para que entremos al paraíso a la vez.
Ya en penumbra la habitación la bese apasionadamente y deje caer su albornoz dejando su cuerpo al desnudo, después la tomé entre mis brazos para echarla con suavidad en la cama. En esta posición se fundieron nuestros labios saboreando el dulce néctar de nuestros besos. Perdí la noción del tiempo para dar rienda suelta a las delicias del amor y solo separe mis labios de los suyos para decir. 
― ¡Te amo... Te amo… ¡Amor de mi vida!― repetí una y otra vez.
―¡Y yo a ti mi cielo! tómame y gocemos este amor abrasador.
Loco de pasión la abrace de nuevo por la cintura y acaricie su cuello y orejas, mi boca buscó sedienta de pasión sus senos y succione sus erectos pezones. Ella correspondía con placer hasta que le oí decir con voz entrecortada:
― ¡Mi amor, poséeme y entra dentro de mí. Sin mediar palabra nos fundimos en un éxtasis tan profundo que no lo podría describir con palabras, después nos abrazamos y quedamos dormidos.
Despertemos los dos al mismo tiempo y miremos el reloj, calculemos que habíamos dormido poco más de una hora. Todavía quedaba tiempo hasta la hora de regresar que impuso su madre, obviamente que al  ir sobrados de tiempo continuemos disfrutando el amor, después nos duchemos juntos y vivimos otra experiencia nueva. Fue una tarde inolvidable y terminemos exhaustos.
Tuvimos en cuenta las advertencias de Inés, y un poco antes de la hora indicada estábamos de regreso.
Su madre le preguntó que si me había enseñado la ciudad y como era normal no le quedó otra alternativa que mentir, que me había enseñado una parte y quedaba otra para el día siguiente. Al mismo tiempo, nos miramos a los ojos y nos sentimos un poco culpables por haber traicionado la confianza que Inés puso en nosotros.
Durante todo el permiso y gracias a los amigos de mi prometida pudimos disfrutar con toda intensidad nuestro idilio de amor, pero preferiría no pensar lo que habría pasado si sus padres hubieran descubierto el engaño.
Finalmente llegó lo más triste para los dos, el tiempo se hizo corto y llegó el momento de partida hacia el acuartelamiento de Málaga. Antes de emprender mi viaje di las gracias a sus padres por mí acogida en su casa y por el trato dispensado. Ana me acompaño al barco para despedirme, pero entes prometí que de inmediato empezaría las gestiones para el traslado a Melilla y estar juntos lo que quedaba de servicio militar. También le conté toda la historia de mi vida e incluso la manipulación por parte de Rosa y Diego para engendrar la hija que no podían concebir. Ana me agradeció mi sinceridad y me dijo que mi pasado no lo tendría en cuenta, que solo le importaba nuestro amor y lo que aconteciera a partir del mismo día que me conoció. La verdad que sus palabras fueron tranquilizadoras al no saber cómo reaccionaría al enterarse que tenía una hija aunque fuera por una repugnante manipulación

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