jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo. XXVII. Desmotivado seguí un camino al azar y me condujo al levante español



Aunque la hospitalidad de los padres de mi difunta amada era excelente, no me encontraba bien por los recuerdos que atosigaban mi alma, su casa me traía recuerdos amargos y la tristeza me invadía. A los cinco días de mi estancia me despedí de esta buena gente sin un rumbo determinado. De nuevo me encontré solo en el mundo sin amor y sin futuro, mi vida estaba vacía de contenido y mis ganas de vivir eran nulas. En esta condición de desmotivación emprendí un camino cualquiera y de casualidad llegue al levante español. Pedí trabajo en una mina de plomo con la esperanza de que no lo denegaran por ser el trabajo que nadie quería hacer, ya que la gente odiaba las minas por temor a contraer la silicosis. Pero para mí no era problema, era justo lo que deseaba, pues después del fallecimiento de mi novia deseaba morir para reunirme con ella lo antes posible.
En estas condiciones fueron pasando años y no cambie de trabajo, mi vida era desordenada y gastaba el poco dinero que ganaba en vicios innecesarios. Una buena parte de los honorarios era para las prostitutas que utilizaba más bien para contar mis penas que para satisfacer mi necesidad de sexo. Sabía que no volvería amar a otra mujer en el resto de mi vida. ¿O era lo que pensaba en mi desesperación?
Quince años trabajando en la mina y empecé a toser por las noches cuando me iba a dormir con dolores en el pecho y dificultad para respirar, además me cansaba fácilmente hasta el extremo de no rendir en mi trabajo. Ante mi bajo rendimiento la empresa me mando al hospital para que me realizaran una revisión médica, los resultados fueron nefastos para mí. Durante los años de trabajo continuado expuesto al polvo de plomo sin protegerme me encontraba en un estado avanzado de silicosis crónica y podría morir en pocos años.
Ante la situación de mi enfermedad pase por un tribunal médico y me aplicaron una incapacidad para el trabajo. A partir de aquel momento no volví a trabajar más y me asignaron una pensión del 100% de los honorarios que cobraba, más una indemnización por los años trabajados. Con el dinero percibido me traslade a Barcelona y compre un pequeño piso.
Fue transcurriendo el tiempo y mi vida seguía sin cambiar en mis gastos innecesarios y relaciones de sexo con mujeres, esto daba lugar a que cobrando buena pensión estuviera escaso de dinero. En cuanto a mi estado de ánimo no cambio para nada, no obstante, dentro de la gravedad de mi enfermedad controlaba las revisiones médicas y me encontraba estable.



Una mina abandonada en la Unión (Cartagena)




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